Lo que sentimos cuando dejamos un país para empezar de nuevo en otro lugar.
Por Josefina Canavesi, psicóloga especializada en acompañar procesos migratorios
1. Migrar es mucho más que mudarse
Migrar es una decisión y experiencia de vida que nos atraviesa emocionalmente en múltiples sentidos. No se trata solo de viajar, de mudarse y cambiar de país, sino de transformar la forma en que nos sentimos, nos relacionamos y nos entendemos a nosotros/as mismos/as. Como psicóloga especializada en acompañar a personas migrantes, he visto cómo este proceso puede abrir oportunidades, pero también activar heridas, duelos y crisis.
El psiquiatra Joseba Achotegui, referente en salud mental y migración, afirma que migrar conlleva vivir duelos múltiples y simultáneos: de la familia, del idioma, del estatus, de la cultura, del grupo de pertenencia, del contacto con el territorio… y que el afrontamiento de todos estos duelos sin suficientes recursos psicosociales puede desencadenar el llamado Síndrome de Ulises: un cuadro de estrés crónico y extremo que no llega a ser una enfermedad mental, pero puede desbordar los recursos psicológicos de quien migra.
Comprender las etapas de la migración, y el impacto emocional esperable en cada una de ellas, nos puede ayudar a contar con mayores recursos para afrontar esta experiencia.
2. Antes de irnos: ilusión, miedo y despedidas difíciles
Generalmente cuando decidimos migrar, lo hacemos en busca de algo que creemos mejor: buscamos mayor seguridad, nuevas oportunidades laborales, tranquilidad, libertad. Pero esa decisión también viene con miedo, ansiedad, tristeza.
Es común sentir:
- Ilusión por lo nuevo: aquí suele aparecer una cuota de “idealización” del proyecto futuro, muchas veces necesario para poder tomar la decisión, pero que muchas veces choca después con la realidad.
- Ansiedad e incertidumbre ante lo desconocido, ¿saldrá bien? ¿me voy a adaptar?
- Culpa y/o tristeza por dejar a personas queridas y/o ciertos espacios de “seguridad”.
- Despedidas postergadas o negadas: algunas personas prefieren «irse sin decir mucho», como forma de protegerse emocionalmente.
A veces, no hablamos mucho de lo que dejamos atrás. Nos vamos “rápido”, sin dramatizar, para no rompernos.
🧠 Reconocer estas emociones y darles lugar es fundamental para transitar el proceso de manera más consciente.
3. Al llegar: el golpe emocional del cambio
El momento de llegada puede traer tanta intensidad que resulta abrumador. Todo es nuevo, y eso puede ser emocionante, pero también agotador.
Es frecuente experimentar:
- Choque cultural: las costumbres, los ritmos, el idioma, los paisajes… todo es distinto, puede resultar fascinante pero por momentos extraño.
- Soledad: la red de sostén se reduce y muchos/as migrantes experimentan aislamiento emocional.
- Desorientación personal y sentimiento de pérdida de identidad: ya no soy “la profesional”, “la hija de”, “la que sabía cómo moverse”. Con la migración perdemos muchos roles, y con ello, impacta en nuestra identidad.
- Obstáculos prácticos: muchos trámites por hacer, documentación, búsqueda de piso, de trabajo, colegio si tenemos hijos/as, puede resultar agobiante.
4. El tiempo pasa, pero el proceso sigue
Después de un tiempo, algunas cosas se estabilizan: conseguimos un trabajo, armamos nuestro hogar y una rutina, nos acostumbramos a lo nuevo. Pero internamente, el proceso migratorio sigue.
Algunas sensaciones comunes en esta etapa:
- “No soy de acá ni de allá”: Ahora estoy dividido/a entre parte de mi identidad e historia en mi país de orígen, y mi presente en el nuevo lugar.
- Aparición de síntomas sutiles: tristeza crónica, vacío, “nada me emociona”, apatía.
- Cansancio emocional.
- No me permito ciertas emociones: “si elegí emigrar se supone que debería estar feliz, sin embargo extraño mucho y me siento triste”.
Esto no significa que algo esté mal contigo. Significa que estás atravesando un duelo largo, silencioso, muchas veces, invisible.
🔁 Migrar no se “supera”. Se integra. Y eso lleva tiempo, presencia y, si es posible, acompañamiento.
5. ¿Qué cosas nos ayudan?
No todas las personas viven la migración de la misma manera. Pero si pudiéramos identificar factores de salud, estos son:
- Armar una rutina que incluya hábitos saludables: como dijimos, al principio puede ser abrumador. Poder de a poco construir una rutina simple con las cosas son importantes que para mí (actividad física, paseo, horas de sueño), me va a ayudar a “estructurarme”
- Tener una red de apoyo emocional: contar con red de personas migrantes que me puedan comprender, pero también red de personas locales que faciliten la integración cultural.
- Animarme a transitar el duelo migratorio: no escaparle a la tristeza o al dolor. Es un paso indispensable para avanzar.
- Pedir ayuda a profesionales que comprendan las especificidades de la migración. Es importante que podamos poner en palabras lo que nos pasa.
💡 No hace falta llegar al fondo para buscar apoyo. A veces, hablar con alguien que te escuche con respeto y brinde un espacio de contención puede ser un alivio enorme.
